LA OVEJA NEGRA – En torno a la normalidad ofendida

… y hubiera permanecido segura de su vir-
tud si no hubiera descubierto súbitamente
una grieta en la pared.
Gustave Flaubert, “Madame Bovary”

“Oveja negra” es la metáfora que designa al transgresor, el mote en el que se fija al hijo que traspasa los límites establecidos para su sangre. La transgresión toma diversas formas; son los valores y costumbres dominantes en cada comunidad los que la aíslan. No obstante todas las ovejas negras comparten la atracción por lo que no es propio del modus vivendi de su círculo.

Todo lanar oscuro nace para la intemperie. Es el motivo de la congoja y los rezos maternos. Por su renuncia a la perpetuación del legado la reticencia se adueña del discurso patriarcal. El silencio de la mano que traza el árbol genealógico pone en duda la filiación, la pertenencia de la oveja a lo creado. Es que la oveja negra es un aguijón clavado en la normalidad familiar. Postula nuevas formas de obrar y entender el mundo, levanta la alfombra para ver qué hay debajo, es descortés con las visitas, lleva díscola la melena, organiza o colabora con negocios clandestinos, bebe con divorciados, con marinos, regresa de la noche con el sol en la cabeza y el ruedo embarrado, se desenvuelve monosilábica en el hogar, locuaz al afirmarse en el estaño. Es la diletancia, la irrefrenable voluntad de exploración, el móvil de su ofensa. Ofensa que es modo no elegido de estar en el mundo. El manto oscuro que la cubre y el delirio que la posee y la aparta del surco diseñado por sus mayores no son voluntarios. Es objeto del juego de un dios, es Casandra profética y desoída.

¡Pobre lanígero! Se distancia del rebaño sin querer. Intuye otras hierbas y allá se va tras ellas. Un poquito de aquí, otro poquito de allá, cuando se da cuenta ya son lejanos el báculo y las hermanas. En la puerta, la espada de fuego. El afuera es el lugar de los que dudan, los que exploran, los que ven lo que no existe. El exilio es una obligación en tanto explorar es abandonar, salirse del perímetro que el padre ha demarcado para la circulación. Con todo, cabe observar que la mácula de la duda y la indagación más allá de lo permitido acompaña desde el inicio de los tiempos a la especie y sus relatos. Las mitologías recogen la existencia de seres que desean más de lo que les fue dado conocer y que por este exceso se pierden (considérense si no las vicisitudes de la pareja edénica). Odiseo, símbolo de la curiositas1, es un caso de expolación y ausencia. Fuera de la tierra del padre, fuera del tálamo, fuera de la crianza del hijo se mantiene el Laertíada durante veinte años. Su estigma es la nostalgia, suspiro que brota entre prodigio y prodigio.

En otros ausentes se verifica una nostalgia del amparo divino, nostalgia culposa que flagela al curioso por estar ausente de la divinidad. Así padecía Sor Juana en su inclinación. Por ello, enclaustrar su ingenio -ingenio cuyos versos prueban la existencia de la Perfección- era un afán persistente: “Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando sólo lo que le baste para guardar su Ley…”2. Pero Su Majestad acomoda, junto a la Ley, algo más convincente y menos desintegrador: la Belleza. Para que triunfe sobre dicotomías, para que confunda y reconcilie los pares de contrarios. Ahí están entonces los que exploraron Providencialmente, los que “tocaron teclas vientres aguas uñas / alquitrán / para que la sangre del poema descendiera / por sus manos”3, para gloria de Dios y de todas las criaturas.

Como puede verse, la oveja negra es signo de contradicción. Contradicciónde un dios que está por encima de las contradicciones. La traición a la realidad dominante, el parricidio, es una invención del demiurgo. La transgresiónes un juego que el dios permite a su hijo. Pero el final del juego fue concebido antes que el inicio: el hijo siempre vuelve y es bienvenido. Esto se verifica, por ejemplo, en el capítulo XV de San Lucas: el pastor pone sobre sus hombros a la descarriada y el padre sale al camino para abrazar al pródigo. El exilio que se repite ancestralmente es parte del aprendizaje al que el padre somete a su progenie. Por ende, la predeterminación de la transgresión anula la realidad de la normalidad y de la ofensa.

En la mesa del albo rebaño se conserva intacto el lugar de la ausente. La nodriza vive para restituirle, por la historia de una cicatriz, la identidad. Ya asoma por la senda de la desobediencia la oveja rebelde. El padre que silba entre los árboles pone fin al juego, despacha la ígnea espada que cela la puerta, pronuncia el nombre de su negra criatura y explica que el color del vellón es tan sólo un accidente.

Mariana Moraes

1
Este Odiseo trabaja Borges en “El último viaje de Ulises”,
Nueve ensayos dantescos, Obras completas,3, Buenos Aires,
Emecé, 2000. 2 Sor Juana Inés de la Cruz, “Respuesta de la
poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz”, en Poetas
hispanoamericanos de ayer y de hoy. Sor Juana Inés de la Cruz.
Primero Sueño y otros textos, Buenos Aires, Losada, 1998, pág.
214. 3 Julio Inverso, “Los jóvenes y graves hombres”, Más lec-
ciones para caminar por Londres, Montevideo, Vintén Editor,
1999, pág. 8. Foto: Gonzalo Marturet