EN EL LUGAR DE LA HENDIDURA: el decir a medias de Virginia Woolf

I.
“Los voy a escandalizar…yo creo que lo menos innato de todo es el sexo” confiesa al público la Iribarren encarnando el personaje de la escritora Virginia Woolf en la obra escrita por Antonio Larreta,  que se exhibió desde mediados de mayo en la sala del Auditorio de Antel.
Es claro que esta mujer tenía razón: hay escándalo, ríos de azufre y ajo corren bajo el conjuro cósmico de sus palabras. Pero, ¿por qué caminos de depravación, soledad o redención pacata habrá transitado esta mujer hasta llegar a  creer que lo menos innato, propio, natural e inmaculado de todo lo que somos y nos hace ser -mujer u hombre- es nuestro sexo?

Escuchémosla más de cerca, la tenemos allí en escena junto a Leonard, el futuro esposo-apéndice. Entramos justo en el momento en que él le está proponiendo matrimonio tras regresar de un largo viaje por la India. Nessa, la hermana pintora de Virginia, su otra mitad, está ya del otro lado: vive como esposa y madre junto a su esposo Clyde, otro integrante del grupo de “Los doce apóstoles de Bloomsbury” al cual los cuatro pertenecieron. En escena, Leonard declara su devoción a Virginia y ella acepta la oportunidad. Antes, sin embargo, tierna y frontal, le confiesa esa debilidad que la hará sentirse siempre ajena con su propio cuerpo: “tengo más de treinta años pero lo que tiene que ver con el sexo tengo siete”. La dosis de honestidad perfecta, oportuna, que más adelante será capaz de superar la fantasía más retorcida, cada gesto obsceno que alguna vez Leonard se atreva a pedirle y Virginia acceda por gratitud pero no sepa cómo disfrutar.
Juntemos esta escena con otras. Ya casada, de vuelta de su luna de miel por España, Virginia visita a Nessa. Hablan sobre toros y hombres y la frigidez de Virginia asoma una vez más con la inocencia de una niña de siete años: “¿Qué es exactamente lo que llamamos orgasmo?” le pregunta a su hermana buscando refugio cómplice.

Pero en Virginia esa frialdad le fue compensada por una delicada percepción de la naturaleza. Vivía plenamente en el ardor de una curiosidad por un mundo orgánico, extasiada por los instantes de comunión con ese universo repleto de “mariposas nocturnas…revolonteando sobre la valeriana”1, un mundo vivido como un “depósito secreto de momentos exquisitos”2e “iluminado por grosellas pendientes como candelabros”3. Su sobrino Quentin, el hijo de Nessa y Clyde, recuerda esta pasión de Virginia por las sutilezas en una entrevista realizada por la periodista Viviane Forrester: “Mi padre dijo una vez: “Para nosotros lo más grande en la vida es una aventura amorosa. Para ella es ver entrar una mariposa por la ventana”.4

Pero dejemos caer al piso el resto que todavía queda. Luego ya no habrá dónde guardar las ganas por querer ver la otra mitad llena. El don malogrado, el vaso vacío: el peso del absurdo que le tocó vivir a Virginia Woolf.
Queda aún el capítulo trunco, tullido de su maternidad; la otra imposibilidad que reforzará su negación femenina, una incompletud atávica: “No soy estéril pero estoy obligada a serlo…Soy media mujer” se le escucha decir al nacer la niña, el tercer hijo de su hermana Nessa.
Esta sexualidad contrahecha, queer, su “vaga condición de mujer” sin goce y sin maternidad terminará llevándola a la desesperación expresiva por querer cercarla sobre el final de la obra. En aparte al público y en cuatro adjetivos: “frágil, difusa, insuficiente, vaporosa” queda formulada la queja.

II.
Salgamos mejor del tumulto. Todavía queda esa desesperación expresiva que te lleva, Virginia, a intentar definir lo apenas distinguible, ese decir a medias de tu sexualidad “frágil, difusa, insuficiente, vaporosa”. Aquello que todavía no es y que quizá ya nunca será.

Toda hendidura es una herida interrumpida: vigilia de una grieta que de todas maneras dejará marca, cicatriz insolente. En ti, el propósito de nombrar la carencia, decirte “media mujer”, haciendo de tu insatisfacción más íntima, reclamo público, agrieta las cosas que nos vienen dadas por inercia.

Los ideales y los estereotipos siguen aún vigentes pero tu voz logró escandalizar en algo la comodidad de su dominio mostrando otro modo de ser. Una ventisca que no llega a ser tormenta pero que supera la quietud de un día más.

PAOLA GALLO