Editorial no.2

Erlinda es una lavandera mexicana. Vive en Huimatla, un pueblo de cien personas cerca de Taxco de Alarcón. Tiene veinte hermanos. Es madre soltera de cinco hijos, tres de ellos adoptados. Desde hace mucho tiempo viene ahorrando para la fiesta del tercer cumpleaños de su hija menor.

Erlinda cuenta que los patrones del hotel a veces se quedan con la plata de su trabajo. “Son bien canijos1”. Tiene seis operaciones, dos por hernias. Lava a mano, seca, plancha y carga. Si la ven hablando con los huéspedes del hotel la suspenden unos cuantos días como sanción. Le dan sólo un día libre a la semana. Comenta que un huésped le regateó su trabajo, pretendía dar $50 por lo que valía $85: “ es que se valen del cuerpo de uno”.

El padre de sus hijos biológicos tiene un buen trabajo y una buena posición. Nunca los reconoció ni ayudó. “Yo trabajo para mis niñitos”, asume Erlinda con una sonrisa. En general no los ve, salvo cuando le dan permiso para cuidarlos porque están enfermos.

En la sonrisa constante, Erlinda, gota que cava la piedra.