no.2. Hendiduras

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La superficie llana y esmerilada cada tanto se hunde, cada tanto se empaña. Aquello que creemos –para nuestra tranquilidad mental- permanente, seguro o de cambios controlados y predecibles, un buen día nos descoloca. La sanidad de este fenómeno es imponente en un momento histórico en que el hombre ha llegado a normalizar lo contingente, lo circunstancial, lo movilizador. Ya están prontas las taxonomías que deciden qué existe y qué no, y si algo existe, con qué valor. Parece que hay que creer en que todo movimiento ya ha sido explicado, que se ha agotado la capacidad de asombro y transformación.

Las hendiduras que aquí se recogieron son la manifestación de algo que hiere, que despierta, que quiere ser diferencia o que tal vez ni se piense y sólo sea. Quiebres sin ruptura, simples tajos. Simples modos infinitos de “invitar”, umbrales. Se abre una boca, se inicia una filtra-ción, se desvelan rincones de duda, posibilidades de un cambio que no siempre llega, procesos de gestación de lo nuevo, de lo distinto.

Cuestionar la reproducción de los esquemas colectivos nuestra vida, es lo que pretende esta fisura. Quien mira de normalidad, esquemas que nos dicen tan poco de tante hendido” de un cuadro, al “mástil, el velamen, la osadía” de unas palabras, al son de quien ha sabido ser fiel con su arte, a la distancia que aparta el hogar de las urnas, al discípulo que procura poner el pie delante de la última huella del maestro, a la mística que se aloja en la carne, a la voz que ilumina los cañaverales y cafetales, a la infundada normalidad ofendida, al tiempo reinventa-do por la música, a la sexualidad difusa, al sentido de la nada, a la fecundidad de la orilla, a Erlinda.

Cuando todo parece haber encontrado su orden, algo evidencia otro camino posible y nos despabila, nos mo-viliza. Esa es la hendidura. Ojalá que la miseria, la música o el abrazo desautomaticen nuestra percepción del pai-saje, frenen nuestro acostumbrado aceleramiento. saje, frenen nuestro acostumbrado aceleramiento.

La inmensidad de lo humano habla por las grietas de la realidad, aflora por hendiduras poco transitadas. En el desgaste de la roca, en los resquicios, el apoyo del que busca alcanzar su cumbre.

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Foto: Natalia Cerisola