Tú me salvas

Cuando no estamos dormidos o anestesiados, la verdad se esfuerza por buscarnos y sucede que, ocasionalmente, nos encuentra. Después, sólo resabios, trabajosos recuerdos en dosis de cuentagotas, que añoran la antigua ilusión de haber creído. Estar convencida de que no hay identidad posible sin un TÚ que nos reciba es, cada vez más, producto de estos momentos; intuición más que justificación, corazón más que razón. La búsqueda es la siguiente: lo más propio del ser humano.

Puedo verme, en este preciso instante, escribiendo estas líneas que yo misma dicto, mientras sostengo distancia conmigo; no hay identidad -pienso-, no coincido, no me habito, no me encuentro. Tú, mientras recorres esta idea, puedes ver que no coincides contigo. Sabes que tu acción no alcanza para definir lo que eres.

Somos lo que parecemos más un plus. Mi YO es un OTRO que habita en MÍ, “algo” extra que nos desborda. Exceso de ser que pone en jaque a la razón de las verdades lógico – matemáticas; nunca uno es idéntico a uno. [Co] existimos en nosotros percibiendo que somos más de lo que somos en este segundo, contenido incontinente de algún incapaz envase. Somos, entonces, esencia abierta intentando apropiarse de sus posibilidades, inmersa en la única oportunidad: el tiempo. Pero, ¿somos todavía si sólo respondemos por nosotros?

Lo que hay en abundancia puede transformarse, según la circunstancia, en residuo o excedente para otros. Así pues, lo que nos identifica es nuestra condición de apertura (que es más que la distancia constitutiva y real que mantenemos con nosotros mismos) es la herida que nos expone a los otros, el lugar en el que nos des-centramos y retornamos a nosotros reconociéndo nos, ahora sí, cómodos y entregados. La vivencia de ser
uno mismo nos revela, con una intensidad desmedida, que no salir al encuentro del otro es condenarse, arriesgarse a vivir en el exilio de la propia piel, incómodos, sin lugar, ajenos. Nuestra subjetividad es vulnerabilidad. Descubrimos que lo más propio del ser humano es anterior a cualquier decisión y por lo tanto anterior también a lo que por tanto tiempo creímos que era lo más esencial: nuestra Libertad. Estamos morfológicamente heridos, constitutivamente expuestos, aptos a priori a “ser abatidos”.
Hechos para el Otro, asumimos una responsabilidad que cualquiera en sus cabales no dudaría en rechazar. Salimos al encuentro del otro, dispuestos (inconscientemente) a ocupar su lugar, así sea sufriendo su dolor o celebrando su alegría. Somos sustitución y expiación. Se esconde detrás un concepto ambivalente del otro; es al mismo tiempo quien me ordena responder por él y el desprotegido a quien todo le debo. Mandato y vulnerabilidad.

La responsabilidad asumida por el otro no tiene límites, es así de escandalosa. Salgo de mí al encuentro con el otro del que asumo soy responsable, incluso de sus propias responsabilidades. De este modo, la relación que se entabla es asimétrica, soy responsable sin esperar que el otro lo sea por mí y, en la medida en que no exista reciprocidad, YO soy sujeción al otro2. Mi respon sabilidad es absolutamente mía, intransferible e irremplazable, me identifica: soy YO en la medida en que soy responsable del OTRO.

La presencia de un TÚ me salva, pero ¿de qué?, ¿de quién?, ¿de dónde? Me veo tentada a ofrecer una misma respuesta a las diferentes preguntas: del vacío. Ausencia, silencio, desquicio, presencia, olvido, son sólo algunas sensaciones que intentan describir la vivencia del concepto. El TÚ que me invita a des-colocarme para identificarme me salva de la incomodidad de mi propio anonimato, del horror de mi propia soledad que, sin un ALTER, me condena a no construirme, a no ser.

Amar a alguien es rescatarlo del olvido, e incluso de la muerte: ¿no es acaso el amor lo más vital?, ¿no esperamos todos, de algún modo y en algún momento, amar y ser amados? El que me ama asume la desproporción que habita en mí y me aloja.

Cuando amamos intuimos, más que en ninguna otra circunstancia, que ese OTRO que está frente a mí, ofreciéndose infinito, es absolutamente inaccesible. Está y no está, es siempre otro, siempre distinto, nunca nuestro, nunca nosotros. Sin embargo, tanta alteridad no hace más que devolverme identidad.

Nada hay que temer al encuentro, debemos entender (con las entrañas) que la vulnerabilidad es lo más propio de nosotros.

TÚ me salvas, porque me invitas a ser.

LUCÍA GONZÁLEZ
lucia@la-azotea.org