Tolerancia a la Diversidad

Entre la convivencia y el exterminio

monjita

Cuando observamos a nuestro alrededor la cotidianeidad no hace otra cosa que enfrentarnos a la problemática de la convivencia con el otro. Ese ser alterno que se distancia, que se configura como una diversidad lejana e inasible. Es en este espacio de relacionamiento donde la tolerancia está en jaque: en el instante en que surgen personas o grupos que ponen en cuestión valores que se consideran inapelables.

Así se va definiendo un “otro” por todo aquello que no comparte con nosotros. Esto deriva, en ocasiones, en manifestaciones de la índole del racismo, el clasismo, la xenofobia, el etnocentrismo, o la intolerancia religiosa y política. Debido a ellas se establece una brecha insalvable entre quienes piensan a mi modo (y por tanto este se erige como el único pensamiento válido); y aquellos que están por fuera del grupo anterior y por tanto son repelidos por la sociedad. Dichas manifestaciones pueden llegar a tamaña violencia que culminan con el exterminio del otro, la anulación total de la alteridad. El ejemplo más recurrente al que los historiadores refieren, es la matanza de la que fue objeto el pueblo judío por parte del gobierno nazi. Pero es importante destacar que este caso puntual no fue el primero, ni será el último, ya que como señala Kant el estado natural del hombre, no es otro que el estado de guerra y de enemistad.

Desde tiempos inmemoriales se identifican tendencias hacia la eliminación de la heterodoxia. Numerosos puntos de vista o infinitas maneras de ver la realidad no eran aceptadas por ningún gobierno tanto terreno, como espiritual. Cada uno de los imperios que se desarrolló en siglos pasados demostró una mecánica de asimilación de lo diverso, como herramienta para afirmar su poder. La misma Iglesia, que desde un principio defendió la tolerancia, olvidó en ocasiones este precepto e inició una persecución encarnizada hacia cualquier tipo de heterodoxia (ej: el arrianismo). Así fueron aumentando las supuestas herejías y los martirios de aquellos que defendían su religión o sus ideas.

Las luchas religioso – políticas fueron un signo común hasta entrado el siglo XIX, y fue recién con el Iluminismo donde se reformuló el termino tolerancia. Todos sus teóricos la pusieron en cuestión, pero fue Voltaire quien más hizo hincapié en la reformulación del concepto. Para dicho autor el problema radicaba en que el sustrato de la intolerancia estaba en el fanatismo, ya que aquella era una manera de encerrarse en la verdad, sin entender que a la verdad absoluta no se llega jamás, y que lo que cada hombre puede formular son simplemente opiniones. A su vez mi intolerancia surgía por la intolerancia de otro, y esa necesidad de imposición sobre el otro, llevaba a luchas intestinas entre los pueblos, que terminaban en masacres de poblaciones enteras.

Luego Voltaire pierde la percepción del problema y su obra se convierte en un manifiesto contra los católicos, a quienes acusa de fomentar la inestabilidad al intentar imponer sus ideas, creando un ambiente de falta de tolerancia. Explica los casos de los jesuitas en China y de los católicos en Inglaterra. Sostiene que los primeros son bien expulsados2, porque han invadido una esfera de interioridad de los orientales, y han querido imponerse sin respetar los cultos que allí se practicaban. Este punto se explica en la idea de que muchas veces la diversidad deja de ser legítima y ataca el bien común, y es allí cuando se deben defender los valores establecidos. Con referencia a los católicos ingleses, sostiene que la discriminación de la que son víctimas los católicos en esa nación es justa y necesaria, y deben ser agradecidos de la posibilidad que se les da de cohabitar con el pueblo inglés anglicano (se debe ejercer la intolerancia contra el intolerante).

El proceso de laicización de los Estados, puso a las luchas religiosas en un segundo plano, para generar otro problema: el de las luchas ideológicas. Con el Estado laico la religión fue una práctica de “puertas adentro”, y la secularización deslindó en su acción la esfera religiosa de la estatal. Quienes más defendieron esta postura, los positivistas, erigieron al Estado como árbitro y balanza que establecía aquello que podía considerarse bueno o malo. Pero poco a poco un fenómeno salió a flote: los determinismos totalitarios. Comenzaron así a exaltarse diversas dimensiones del ser humano – clase, raza, ideología, nación – que dieron lugar a los nacionalismos; intolerantes desde su raíz, debido a que propulsaban y defendían la pertenencia a un grupo (en este caso a una nación), al que consideraban en superioridad con respecto a los demás. El colonialismo europeo en el siglo XIX y las guerras mundiales, la problemática de Medio Oriente, y muchos otros sucesos de idéntico cariz en el siglo XX, pautaron el decurso de los últimos doscientos años de historia.

Pero la recurrencia actual de problemáticas similares nos presenta ante la necesidad de estudiar a fondo este intrincado concepto y esbozar estrategias que conlleven a una consecución más eficaz de la misma. Enarbolando banderas como la civilización, el progreso, la libertad, o la defensa de las instituciones, se continúa sojuzgando a quien piensa distinto. Es por ello que debemos construir una “tolerancia activa”, que nos observe en una coparticipación respetuosa con las ideas ajenas, no tomándolas como dogmas, sino con la posibilidad de discrepar, siempre bajo una atmósfera de respeto.

La clave está en entender la universalidad de la esencia humana y la particularidad de sus variantes, al ponerme en el lugar del otro, entendiendo que ese otro puedo ser yo. Entendiendo la irreductibilidad infinita del otro4, me abro y doy acogida a la alteridad; y me comunico sin volverme “un ser rígido, duro, inflexible, aferrado a un estrecho criterio, en cuyo corazón el afecto al semejante es oprimido y hasta sofocado por una inveterada falta de respeto a las ideas, al quehacer y al comportamiento ajenos”.5 La tolerancia fomenta el instinto de comunicación, integrando la diversidad de agentes que conforman la sociedad, y manteniendo un respeto a la alteridad.

Entonces ante la pérdida continua de identidad en el mundo y el arrasador avance de una cultura de “incomunicación comunicada”, se debe apostar a una educación en valores; ya que educarse en la diversidad es educarse en la libertad. Como señalara alguna vez el pensador uruguayo José Enrique Rodó, estamos ante una necesidad imperiosa de llegar al interior de nuestro ser para repensar nuestras actitudes y nuestros modos de obrar y sentir antes de librar la batalla para acallar al otro. El miedo al otro encierra en buena medida un miedo a sí mismo.

NICOLÁS ARENAS
nicolas@la-azotea.org