Nuestros Otros Entrañables

“Son ellas, es en ellas, en su irreductible sentir donde aparece el sentir de la nada, la nada que no puede ser idea, pues es lo que devora, lo que más puede devorar: lo otro que amenaza a lo que el hombre tiene de ser; pura palpitación en las tinieblas”. María ZAMBRANO, El hombre y lo divino, Madrid, F.C.E.

entrañable

Desde que la filosofía es filosofía nunca ha sido fácil dar cuenta claramente de la compleja realidad que somos los seres humanos. La primera aproximación a la composición humana planteada por Platón y Aristóteles nos habla del ensamble accidental o sustancial de dos naturalezas de distinto tipo: el cuerpo y el alma.
Cada una con sus singulares características. Estos dos elementos dan razón de qué y quién es el hombre, para que luego podamos comprender cómo es que actúa en ciertas ocasiones de manera tan extraña, distanciándose por ello del resto de los vivientes.

En tanto que Platón, siguiendo a su maestro Sócrates, nos previene sobre los males del cuerpo y la materia, enseñando a sus discípulos un método de liberación de las pasiones que nos permita alcanzar el más alto grado de sabiduría: el conocimiento de las Ideas, Aristóteles en cambio fundará su planteamiento ético teniendo en cuenta aquello que su maestro había desdeñado: el placer y las pasiones. Centros engendradores de vida, motores de todo impulso sin los cuales el hombre ingresaría en un mutismo muy cercano a la muerte.

En la comprensión aristotélica del hombre, la razón aunque de naturaleza distinta a las pasiones, conserva una capacidad cuasi maternal de acoger y guiar, dando cabida a las pulsiones más elementales de la vida que vagan incesantemente por esa cavidad contenedora, metáfora de lo que anida nuestra humanidad más sublime y terrena: el corazón.

Siguiendo históricamente la tradición del pensamiento occidental, muchos se han referido al corazón del hombre como elemento metafórico esencial que permitiría precisar lo propiamente humano. Ya San Agustín había hecho expresa referencia a esta realidad cardinal como recinto que puede conservar y revelarnos la verdad sobre quiénes somos. Y acercándonos a la época moderna, podemos apreciar en el pensamiento de Pascal la legitimación del corazón como realidad que cuenta con una lógica propia que en muchas ocasiones la razón omnipotente desconoce y oprime.

A partir de Descartes, inaugurador oficial de la filosofía moderna, el hombre será definido como res cogitans sustancia pensante. Cualquier otra dimensión será considerada incierta e insignificante, frente a la prometedora fuerza del intelecto que conoce, transforma y controla la realidad, moldeándola en favor del “bienestar” humano.

La racionalidad como operación primordial iluminará las esencias de todo lo existente, diseccionando, separando lo ilusorio, cambiante y accidental, de lo cierto, universal e idéntico. La verdad está en la idea, forma perfecta e inmutable, el error en todo aquello que por su carácter se rebele al encorsetamiento de la abstracción.
El logos como razón que da sentido, palabra compartida por el orden universal de la realidad, que había sido el principio germinal de la filosofía y que durante la antigüedad griega había cobijado bajo su órbita las más diversas realidades: lo sagrado y lo humano, el ser junto al no ser; toma un sentido unilateral a partir de esta nueva visón del hombre. El logos de la idea, persigue la definición que en pos de la unidad y la identidad hará justicia, decretando que aquello que no pueda ser pensado y dicho en estos términos, no será. El ámbito del ser será legislado entonces por los principios de la lógica y la deducción. Aquellas realidades a medias y caóticas, monstruosas o sublimes, serán condenadas a callar. La nada, resabio de un origen, abismo del ser que surge de lo todavía inacabado, sufrirá una peculiar condena; será silenciada, forzada a llenar su hueco de conceptos hasta transformarse en mero postulado mental.

Lo distinto al logos es lo otro, lo que anda perdido ya sin resguardo por abandono de una razón que ha olvidado sus raíces. Lo otro: lo denostado, lo marginal, lo humillado que en el hombre es su dimensión sintiente. Realidad humana primigenia que más recientemente la filósofa malagueña María Zambrano ha precisado como entrañas, “(…) metáfora que capta (…) lo originario, el sentir irreductible, primero del hombre en su vida, su condición de viviente”.

Desde la llegada de la modernidad a nuestros días ha tenido lugar el despertar de la conciencia, luz intelectual que ilumina sólo aquello que puede ser reducido a idea. Rezagada ha quedado esa zona de lo humano que no es del todo diáfana a lo que intenta alumbrarla, por que aún no tiene forma. Sus fuerzas incesantes en pugna claman por salir a la superficie, por ser escuchadas.

Las entrañas, “(…)abismo de la interioridad, (…)algo que cuando se pone opaco obscurece hasta el brillo mismo de la verdad, algo que turba y enajena (…)”6 Interioridad lindante entre lo sagrado y lo profano, que tienen lugar en el corazón humano. Compuestas de tiempo, por tratarse de vida en movimiento, las entrañas, son su medida. Trabajan sin tregua por la subsistencia, de ellas nace el ritmo, el latido. Raíces del impulso vital que no pueden ser objetivadas ya que por su propia naturaleza se resisten y resienten ante la más leve pausa, ante el menor intento del pensamiento a resolverlas en ideas. La música de las entrañas, su latir pide expresión, suena para ser escuchado, “si no se hicieran oír de alguna manera, se llenarían de rencor. Pues el rencor nace de lo que no logra, trabajando siempre, ser escuchado”.

El pensamiento cuando se pierde en su propio laberinto no es capaz dar cauce ni expresión a las entrañas, su despertar trae consigo el amenazante olvido de estas soterradas zonas del ser, que requieren de un cuidado exento de violencia y precisión. Las entrañas, infiernos del alma, dan lugar a la contextura propia de la vida humana, donde la palabra no puede asomarse, porque es ya abstracción. La vida en su más primitiva condición no admite pausa alguna, gime, balbucea.

En esta zona subterránea de lo humano, la nada hace su aparición, alojándose en el hueco de la cavidad vital. La nada que acecha al ser que todavía no es, a ese proyecto no terminado, multiplicidad exasperada que se debate en busca de su unidad y espera en el futuro su anhelada completitud. Esta nada originaria, agazapada en las entrañas de todo hombre, huella de su destino trágico, si no se expresa también sofoca, ahogando la diversidad inagotable que somos dentro.

La expresión de éstas, nuestras otras dimensiones, entendida como el libre juego de nuestros seres a medias implica dejar de pretender esa unidad e identidad propias del orden del pensamiento y la idea, animarnos a suspendernos en el no ser, metamorfoseándonos en esos otros entrañables, humillados pero también deseados, sorteando así la contradicción existente
entre el ser diverso y el encorsetamiento de una mismidad opresora que tensa nuestra mirada en una única dirección posible.

EL ARTISTA SABE DESDE SU ESPÍRITU CREADOR QUE SU VIAJE ES DE DESCENSO, HACIA LAS ZONAS OSCURAS DEL SER. JUGANDO SE DISPONE AL HALLAZGO; HA APRENDIDO A VACIARSE Y A ESPERAR. LO PERDIDO LE ES DONADO SIN VIOLENCIA ALGUNA.

VIRGINIA CORDOVÉS
virginia@la-azotea.org