Espejos Otros: Miradas [DES]- Alterizantes

LOS SÍMBOLOS O MANIFESTACIONES DE LO PROPIO, de lo conocido, nos insertan en un espacio de lo común, con contenidos de formas, imágenes, visiones e ideas determinadas. Descubrir el origen de esos contenidos implica el desvelo de unos cánones que nos autorreferencian. Hablamos, en ese espacio, de un discurso determinado, que en un nivel inconsciente o no, nos define, o al menos nos dimensiona.

mirada

Estos discursos no son otros que aquellos que se manifiestan a nivel de nuestra conducta, de nuestras concepciones y de nuestras visiones acerca de lo propio y, por oposición, de lo Otro, lo ajeno, lo distinto. Las creaciones colectivas a partir de esos discursos terminan por objetivar las “externalidades” partícipes del entramado social, constituyendo categorías de identidad reducidas, y en general excluyentes. Esa identidad se define de múltiples formas y a través de múltiples procesos, pero hay un rasgo ineludible en esa construcción identitaria que es la relación con el Otro, porque como bien dice Aron, “…cada uno desarrolla la idea que se forja de sí mismo en contacto con los otros.” Dichos discursos constructores de identidad tienen un determinado contenido ideológico tendientes a edificar visiones e imaginarios singulares acerca de lo Otro. La identidad es rasgo definitivo de cualquier hombre. Lo común, el lazo de unión íntimo entre individuos supone cierto grado de identificación, es decir, la visualización en el otro de rasgos que son parte de esa identidad compartida, compuesta de signos y símbolos comunes. Versa sobre un lenguaje – en sentido amplio – inteligible para todos los miembros de ese grupo que hace reconocible códigos y señales del otro. Definidos muchas veces por un pasado común, una filiación de tipo étnico o lingüístico, o determinadas costumbres que tienden puentes entre individuos.

En este camino aparecen discursos que apelan a la estigmatización, a la eliminación de esa manifestación de alte ridad. Pareciera que sólo es pensable mi exis tencia por oposición a eso distinto3, y por ello amenazante. Hay en esas creaciones colectivas “partes” desintegradas. Hay convivencia pero en un marco de fuertes preconceptos respecto a ese prójimo – próximo, que llevan al alejamiento del mismo, al desarraigo.

La búsqueda de un perfil diferencial, muchas veces deviene en detracción, estigmatización, o eliminación de lo plural, que subsiste, pero sin embargo se niega. Estas identificaciones tienen diferentes planos de manifestación. A nivel psico social, los constructos identitarios pueden aparecer justificados por diversas formas: la clase social, la raza, el credo, el etno-tipo. Cuando esas conformaciones se convierten en hegemónicas, hay una parte que queda por fuera, rezagada, abandonada al prejuicio. A lo largo de la historia estos discursos son asimilables a diferentes sectores o grupos dentro del entramado social. Fueron y son los responsables de validar y reproducir estos discursos, los cuales pautaron las visiones de pertenencia y de lo no admisible. Presentamos tres manifestaciones que creemos pueden delinear esta realidad propia del hombre.

En la Grecia Antigua, por ejemplo, la realización del individuo se daba en el ámbito de la Polis (que es el ámbito de lo público), único medio pensable y posible para la obtención del Bien Común, entendido como la manifestación de la felicidad. Cada uno debía participar activamente, reafirmando su identidad y propiándose de un espacio que lo justifica como tal, lo dotaba de sentido, por no decir de existencia. Convergían en ese espacio todos aquellos que formaban parte por procedencia, por nacimiento. Y sólo ellos eran capaces de aportar, construir y disfrutar de ese Bien Común. Así, para “integrar” la Polis, de pleno derecho, se debía ser ciudadano. La dimensión de ciudadano en la cultura clásica, en su apogeo cultural y político, en el siglo V antes de nuestra era, implica posibilidad ante todo, e identidad, puesto que para la posibilidad de realización, era condición sine qua non, a la vez que reclama un origen en particular. Así se construye una imagen de ciudadano, asociada a derechos y obligaciones, pero sobre todo a una condición de status particular, porque a la figura del mismo se reduce, en última instancia, la posibilidad de realizarse en la Comunidad, es más, ser reconocido como parte de esa Comunidad. Por fuera del “ser ciudadano”, el resto de los componentes de la sociedad aparecen como “externalidades” excluidas, o al menos silenciadas.

Es la historia de esclavos y metecos. Los primeros eran prisioneros de guerra, sometidos por la fuerza. Culturalmente, vistos como mercancías de comercio y “herramientas humanas” según el mismo Aristóteles, carentes de todo derecho y dignidad. Los metecos eran los extranjeros libres, pero no ciudadanos. Desempeñaban funciones comerciales y muchos de ellos fueron admirados por sus grandes fortunas. No obstante, en consonancia con el ideal subyacente a pesar de su rol o aporte a la comunidad, no eran griegos y por tanto no eran depositarios de derechos y obligaciones. En ambos casos la ciudadanía, que excede las implicancias actuales, se convierte en el reducto de unos pocos, sostenido sobre una idea que otorga identidad. La alteridad queda definida por el “no – ciudadano”, que implica asimismo no ser griego.

La Polis, es el lugar que identifica a unos pocos, los dimensiona, los acoge, los asume. Al resto los excluye, los somete o los silencia. El concepto de polis implica pertenencia para unos y exclusión para otros. Fruto de una idea hecha institución, la exclusión se legitima.

En la Edad Media, encontramos otro fenómeno de este tipo, pero con una dimensión mucho más activa: la demonización del Otro. Es claro este fenómeno durante las Cruzadas. Desde uno y otro lado, musulmanes y cristianos, se valieron de su dogma para justificar la eliminación del Otro.

En pleno proceso de consolidación de su predominio, donde se inauguraba la época de la Cristiandad, en medio de una fuerte fragmentación de las ya inexistentes estructuras institucionales y políticas, la Iglesia debió construir su propio discurso y visión del Otro. Sin caer en reduccionismos históricos, fue en parte, sobre la imagen que se construyó del Islam en el Occidente, que miles y miles de fieles cristianos tras la imagen de la Cruz y el grito “Deus vult”, se lanzaron a una de las mayores empresas conquistadoras: recuperar Jerusalén y los Santos Lugares.

Fouchet de Chartres, en su visión de los hechos, al referirse a las palabras del Papa Urbano II, establece una determinada visión sobre los musulmanes. Aquél se refiere a éstos como “raza impía de los desvastadores”, “raza infiel tan justamente despreciada, degenerada de la raza humana”, “vil esclava del demonio”.

El musulmán es el enemigo absoluto, y por tanto hay que hacerle la guerra. La justificación se halla en la demonización de lo musulmán. La reafirmación como cristiano pasa por el exterminio del musulmán. Según nuestro cronista, miles y miles de personas se sintieron en ese Concilio de Clérmont, animados “por un santo fervor”.

La búsqueda es una: reafirmar la identidad a través de la eliminación del enemigo. La construcción de un discurso tendiente a la demonización del Otro legitima la acción y la justifica. Demos un paso más: si ese discurso se legitima y es asumido como “forma de ver el mundo” del conjunto, no hay nada que temer. Hasta aquí se puede reconocer una vocación explícita de los grupos generadores de esas ideas. Pero como dijimos, hay casos donde la identificación pasa por la desintegración. En América Latina luego de la llegada de los españoles surgió un nuevo tipo cultural: el propiamente latinoamericano, es decir, lo mestizo.

Cuando se estructuró el edificio colonial, nadie duda de que se privilegió al español, se ensalzó al criollo, y al indígena se lo trató como un menor de edad, incapacitado en sus medios. Esta estructuración pautó una idea, una conciencia acerca del lugar que ocupa cada individuo en esa estructura y por tanto una conciencia particular al interior de los grupos y en la interacción vertical entre ellos. Hubo un gran olvidado o rezagado, el mestizo, justamente lo más propio y original de nuestro continente. Leopoldo Zea reconoce en el mestizo un tercer excluido de la sociedad indiana, sin lugar de pertenencia, o peor aún, sin lugar de referencia. Resentido del gentío materno y rechazado por el gentío paterno, el mestizo no encuentra un lugar del cual apropiarse. Su identidad aparece pautada por el esentimiento, convirtiéndose en esa alteridad incapaz de encontrar un lugar en la capa social en la que se desenvuelve. Es un desarraigado cultural, ni el refinamiento hispano ni la espiritualidad indígena lo absorbe, sino que lo repele.

Su otredad, en el conjunto, se convierte en un “no- lugar” social.

Es frecuente encontrar en textos de españoles o de criollos juicios de valor sobre el mestizo que le atribuyen características morales y de carácter claramente negativas, discurso propio de una sociedad constituida y organizada en castas sociales definidas por el aspecto. Estos individuos hijos de la mezcla y la fusión de culturas venían estandarizados a priori, con características de tipo definitivo que los catalogaban en la sociedad de la época.

Así, por ejemplo, el mestizo era vago, impuro, degenerado, traicionero, ignorante. Se le atribuían un montón de connotaciones que abrían un abismo insalvable para la integración social.

Este tipo de catalogaciones construyeron estereotipos que calan en el inconsciente colectivo y se institucionalizan en la visión de conjunto. Francisco García Calderón, un peruano letrado de principios del siglo XX, atribuye parte de las causas del atraso latinoamericano a la fuerte presencia de mestizos, y por oposición propone el fomento de la inmigración del hombre blanco como paradigma de desarrollo. En este caso, que es de mayor complejidad, concurrimos a la identificación del mestizo como tal por su desarraigo y resentimiento. A su vez, se lo identifica desde otros actores por su estigmatización. Su “no-lugar” es a causa de la idea social que lo estereotipó, le quitó pertenencia. Podemos decir entonces que la construcción de esos discursos que buscan conformar algo propio o común, muchas veces caen en el rechazo y la exclusión. La estigmatización de lo Otro le quita subjetividad, lo castra de plano, porque no se le reconoce su esencia más íntima: ser Sujeto en sí. Como en todos los tiempos, hoy asistimos a diferentes nociones de la identidad y la alteridad.

La búsqueda de un perfil referencial para un grupo, una sociedad, una persona, es esencial.

Las nociones de identidad y alteridad son construcciones sociales y culturales, y al ser tales no son definitivas, ni mucho menos absolutas. Tienen múltiples componentes y medios apostados a la generación de patrones para luego ser reproducidos.

Todo sistema tiene un espejo donde se refleja una imagen de lo Propio y se proyecta otra de lo Ajeno.

En general esta última tiende a estar distorsionada, y tiende a distorsionar nuestras miradas. Asistimos a la presencia del Otro, y lo objetivizamos de una forma ligera, banal, irracional y a veces hasta absurda, víctimas de esa imagen que nos viene impuesta como miembros de un sistema de ideas definido, que tiende a tratar lo diferente desde el rechazo y la exclusión. Hay que estar atentos.

Evitar filtrar, sin mirar a través de esas miradas ortodoxas, que nos vienen impuestas, con un fin, con un sentido. Miradas ortodoxas que, en los tiempos que corren, están apostadas a la reproducción de un sistema puramente sostenido en la mercantilización de los diferentes modos del ser, con manipulaciones casi fulminantes, casi imperceptibles. Miramos dormidos, en definitiva, lo que dice el que manda: el mercado, la publicidad y el imago colectivo, construido desde la concentración de los medios de comunicación.

Nuestros actuales espejos, donde nos miramos confiados, y creemos, ingenuos, en la escena que se abre, siempre novedosa, atractiva, y nos fascinamos, sin detenernos, ni por un segundo, a pensar su sentido.

IGNACIO GOMEZA
ignacio@la-azotea.org