El libro, ese prójimo

Entre las experiencias vitales, la lectura. La lectura es acción hacia dentro y hacia fuera; proximidad que completa y transforma, latencia que se desoculta e invade la realidad. Leo y me embolso: me escurro por la honda raíz. Leo y me desbordo: afloro impredecible, desconocida.

Los libros intervienen en la realidad (entendida como cualquier marco estable con el que se lidie) y por eso leer puede resultar una práctica perniciosa: motiva sediciones, instaura la melancolía y a veces la insatisfacción con respecto al mundo de referencia. Los “personajes – lectores” sirven como ejemplo. Emponzoñado por los libros de caballería, el hidalgo manchego reduce su hacienda y se lanza a las desventuras del camino; Emma Bovary, contaminada con las ideas sentimentales de las novelas de amor, urde una realidad que responda a los desbordes pasionales de aquéllas; el bombero Montag falta a su deber incendiario al proteger algunos libros de los 451° Fahrenheit. Dentro y fuera de la literatura (si es que hay un limen fijo) son profusos los casos de seres borgeanos dedicados “menos a vivir que a leer”, seres que entienden la existencia en función de las estructuras éticas, estéticas, emocionales e intelectuales creadas de antemano por sus lecturas más que por el contacto con la realidad.

No hay hipérbole en este planteo. Sé de algunos muchachos que experimentaron trastornos esquizofrénicos y de otros que se iniciaron en el cultivo de huertas orgánicas luego de jugar en la Rayuela de Cortázar. Conozco a una mujer que reafirmó su paciente espera del amor por la lectura de El jinete polaco, y a otra para quien la soledad cobró dolorosa existencia por Idea Vilariño. Algunas personas volvieron a creer o creyeron de otro modo tras los versos que testimonian el encuentro, en San Juan de la Cruz, y la ausencia, en Hugo Mujica. Para otros, Lorca inventó la sensualidad y el Adán Buenosayres prefiguró la vivencia de la camaradería nocturna, el huérfano peripato por las calles montevideanas. Pero la deficiente devolución es también un signo del poder [trans]formativo de las lecturas. Tengo amigos que no me devolvieron libros, no por olvido o dejadez, sino porque sintieron la necesidad de guardarse como souvenir de una experiencia vital muy íntima ese manojo de páginas devenido en prójimo, en presencia especular insustituible.

Confirmado: los libros obran sobre el mundo. Atentan contra la estabilidad, enferman, confunden, pero siempre dinamizan. Tras la lectura, el hombre ve la vida, o mejor, aspectos de la vida, con nuevos ojos, con nuevos lentes; con “lentes ajenos”1 que pronto se le vuelven propios. Las concepciones de cada libro pueblan al lector, descansan en él mientras toman formas inauditas, descansan hasta que una vivencia las hace resurgir para alumbrar sentido, para configurar un significado. Los libros asoman cuando la vida irrumpe. La conformación libresca de la existencia provoca que el hombre perciba aquello que le ocurre como la redición de algo ya experimentado, como una rememoración. Antes de amar, de padecer, de morir, el lector ama, padece y muere en las páginas de un libro. La alteridad, lo otro, lo que todavía no es y lo que nunca será, lo visitan a través del acto de lectura. Y la bondad de este encuentro es que representa una manera de salvarse, de salir de sí al dejarse habitar por ideas, concepciones, sentimientos ajenos. La salvación sólo existe si el hombre permite que algo ajeno a sí lo toque, lo habite, rompa su inmanencia. Cuando los libros habitan al hombre, rompen el molde en el que aquél se encuentra, al tiempo que lo hacen entrar en otro que le resultará más cómodo, más propio –aunque ajeno en principio-, en una mecánica de sustitución de moldes que se repite ad infinitum. Por culpa de los libros, a veces, el hombre crece en conciencia, abandona una imagen del mundo y de sí – imagen que se muestra inconsistente, falaz en un momento dado- para abrazar otra que le permita sobrevivir o sobrellevar mejor la existencia.

Por último, quien lee desarrolla la capacidad de avecinarse a lo desconocido y en esto tal vez a su verdad personal; quien lee ausculta confirmaciones y negaciones; mejor aún, se encuentra en lo posible. Los volúmenes que se sostienen en mis estantes saben que tras la estima que les prodigo se oculta un temor infantil. Temor infantil al cambio; negación a traicionar un esquema seguro por uno que, por nuevo, resulta poco fiable. Cada tanto igual salto la valla y me doy a la transformación, a las perpetuas metamorfosis, a la difícil certeza que es la impermanencia. Me abro a los libros, oficio de recipiente, y mi donación se ve correspondida por su donación. Cuando bajo mis defensas, cuando me arriesgo a perder lo que considero seguro, cuando cobijo a lo Otro, a mi alter que mora en los libros, él me dice. Así, los libros –y no yo- conocen mi verdadero rostro y todas las posibilidades de éste. A los libros, entonces, a esos prójimos que saben de mí, temo y celebro.

MARIANA MORAES

1 ASUNCIÓN SILVA, José, “Lentes ajenos”, Gotas amargas.